¿Y si las doncellas vírgenes del paraíso islámico fueran, en realidad, uvas blancas? ¿Estarían dispuestos a morir por ellas los fanáticos de turno? O si el velo coránico se quedara en un sencillo cinturón. ¿Qué pasaría con todas las mujeres que hoy andan tapadas por el mundo?

Estas y otras cuestiones parecidas plantea el profesor universitario alemán Christoph Luxenberg –el nombre, imaginarán por qué, es un pseudónimo- en un libro de título tan árido como La lectura siro-aramea del Corán. Una contribución a la decodificación de la lengua del Corán, que podría derrumbar siglos de certezas teológicas musulmanas. O de errores, según se mire.

El Corán vive un análisis y crítica constante por Teólogos musulmanes

El Corán está sujeto a una interesante relectura. FOTO Quedalapalabra.

La tesis de este experto en lenguas semíticas no ha tenido demasiado recorrido –se publicó hace ya unos años y solo existen ediciones en alemán e inglés– por diversos motivos, que veremos más adelante, pero poco a poco se  va abriendo camino entre los estudiosos y traspasando fronteras.

Luxenberg afirma que el Corán presenta con frecuencia pasajes ambiguos o incluso indescifrables, hasta para los sabios musulmanes que han tenido que desarrollar amplios comentarios o alambicadas interpretaciones para darles un sentido. El error, sostiene, es leerlos en lengua árabe, un idioma que en el siglo VII, cuando surgió el Corán, no se usaba en literatura. En aquel tiempo, el idioma prevalente en todo Oriente Medio era el sirio-arameo, la lengua de las escrituras y la liturgia cristianas. Y el que hablaba la tribu Quraysh de La Meca, a la que pertenecía Mahoma. Es, por tanto, a la luz de este idioma, como habría que leer el libro sagrado islámico.

[quote_right]El Corán presenta con frecuencia pasajes ambiguos o incluso indescifrables, hasta para los sabios musulmanes[/quote_right]

Luxenberg “resuelve” así dificultades del texto árabe al tratarlas como traducciones del sirio-arameo. Palabras que no tienen una fuente árabe resultan ser versiones distorsionadas de vocablos siríacos. Por supuesto, no “corrige” todo el Corán, se limita a ofrecer una muestra representativa. Pequeña, pero capaz de revolucionar toda la teología musulmana.

Por ejemplo, la sura 24, que ordena cubrirse a las mujeres y es hoy uno de los textos clave de la doctrina del velo, diría “apretarse el cinturón alrededor de la cintura”. Y la expresión de la sura 33 que se lee habitualmente como el “sello del profeta” significaría “testigo”. Es decir, Mahoma no sería el más grande de los profetas, el que cierra el linaje, sino sólo un testigo de los que le precedieron.

Pero el más famoso de los equívocos sería el de las doncellas y las uvas. El término “hurí”, interpretado como “vírgenes de grandes ojos que servirán al creyente en el paraíso” (suras 44 y 52), resulta ser “uvas blancas jugosas colgando”. Lo cual coincide con numerosas descripciones cristianas anteriores del Edén. Entre ellas, Luxenberg cita ésta de San Efrén el Sirio: “El que se abstuvo de vino aquí en la tierra, por él anhelan las vides del paraíso. Cada una de ellas se extiende a él”.

La referencia a Efrén no es casual, porque Luxenberg concluye que el Corán es una traducción de un texto sirio-arameo original y no la revelación de Alá a Mahoma. En concreto, de uno o varios leccionarios cristianos, que contenían himnos y extractos de la Biblia, destinados a evangelizar a los árabes. La traducción, hasta llegar al texto conocido hoy, fue el trabajo de varias generaciones. El mismo libro sagrado contendría la prueba de ello en la sura 44: “Hemos traducido en su idioma para permitir que sea recordado”.

[quote_right]El erudito alemán sitúa la génesis del Corán árabe unos 150 años después del surgimiento del islam [/quote_right]

En un principio, pocos lo tomaron en serio. Los guardianes de la ortodoxia –no sólo religiosa, sino hasta académica, que a veces es peor- se le echaron encima por su “dudosa metodología” y sus “precipitadas e interesadas conclusiones”. Ni que decir tiene que se le acusó de islamófobo y el libro se prohibió en varios países islámicos. Pero lo que provocó mayor escepticismo fue, precisamente, el empeño en demostrar el origen cristiano de los textos coránicos. Los estudiosos han encontrado varios puntos oscuros en su argumentación, lo que ha acabado de desacreditar el resto. Para dar verosimilitud a su tesis, el erudito alemán sitúa la génesis del Corán árabe unos 150 años después del surgimiento del islam e insiste en que la venerada Cúpula de la Roca de Jerusalén no era una mezquita, sino una iglesia cristiana construida en memoria de Jesús.

Sin embargo, la lectura meramente filológica propuesta por Luxenberg ha comenzado a abrirse camino poco a poco. Algunos expertos, musulmanes incluidos, piensan que esta aproximación al Corán puede ayudar a despejar las interpretaciones fundamentalistas y maniqueas y a arrojar luz a sus lazos con el judaísmo y el cristianismo. Así, el Instituto de Estudios Avanzados de Berlín ha creado un grupo de trabajo internacional para profundizar en esta línea, con el objetivo último de llevar una edición crítica y realmente independiente del texto sagrado. Mientras, los creyentes pueden respirar tranquilos: no parece que, de momento, las uvas vayan a acabar con las huríes.