Ilustración Pepe Montalvá

“La Palabra acampó entre nosotros” es el anuncio que escucharemos en la Navidad. El Adviento será tiempo propicio para que nos vaya alcanzando el murmullo de ese susurro hasta convertirse en proclamación a voz en grito: “Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios»” (Isaías 40:9).

La Palabra se ha hecho hueco en nuestra tierra plantando su tienda en medio de nosotros. Es un anuncio de algo que no deja las cosas igual. Nos cuentan los evangelios que su presencia en medio del pueblo fue causa de alivio y de alegría, de liberación y dignidad. Una presencia que hacía presente el Reino y todo lo que tiene que ver con él.

Con Jesús, el “brazo extendido y la mano fuerte” de Dios volvía a desplegarse con poder para desbaratar el poder. Es cierto, Jesús actuará como antaño actuó Dios, tirando por tierra los planes perversos y las maquinaciones mezquinas. Tan buena noticia les amargó la fiesta a los que estaban sacando tajada a base de infringir sufrimiento y abrumar con pesadas cargas.

Incapaces de mover un solo dedo, aquello les dejará tan descolocados que no comprenderán, “son ciegos guías de ciegos” (Mt 15:14). Lo único que sabrán hacer es lo de siempre: amenazar, meter miedo, acosar, tramar, acusar, mentir, manipular…

Necesitamos determinación para hacernos cargo de lo que supone el anuncio de Navidad, para hacer espacio a la Palabra que se ha hecho hueco, que se sigue haciendo hueco en aquellos que denuncian y que proponen alternativas, que resisten y no tiran la toalla, que se implican y que no miran para otro lado.

Necesitamos determinación para acampar también nosotros en medio de tantas tierras y vidas desoladas por los “Black Friday”, por la violencia de género, por la trata de personas, por el abuso de menores. Necesitamos tiempo para tener arrojo, coraje y audacia y plantarnos como se plantó Jesús.

Pero, como dice Francisco, “temo que también estas palabras solo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta” (EG 201).

Adviento nos propone preparar los caminos para hacer sitio a Jesús, a su buena noticia y será cuestión de echar mano de la creatividad, el ingenio y la audacia para abrir aquellos que saquen del atolladero y proporcionen alivio y futuro. Necesitamos, como decía Santa Teresa, “una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare…”.