El inicio de esta reflexión surgió hace meses cuando, en distintos foros, habitualmente críticos con la estructura institucional de la Iglesia me encontraba con una adhesión prácticamente unánime a Francisco; no sólo a su persona como tal, también a sus palabras, a sus gestos, a sus escritos… al lenguaje que utiliza y al talante que manifiesta.

La desafección de muchas personas en la Iglesia respecto al papa cambió cuando una tarde-noche de marzo de 2012 escuchamos el nombre de Jorge Mario Bergoglio como sucesor de Pedro y nos quedamos un poco de palo: no sabíamos quién era.

Enseguida le escuchamos hablar en castellano -privilegio para los hispanohablantes- y percibimos una voz serena, que salía como masticada desde su boca y que nos pedía que rezáramos con él y por él. Nos enterneció. Era de carne y hueso, se percibía que estaba abrumado. Se refirió a sí mismo como obispo de Roma, esa “modernez” con la que algunos llevábamos años refiriéndonos al papa mientras los ortodoxos de nuestras parroquias y comunidades nos miraban con desconfianza o desdén ante semejante “bajada de rango” del que ellos gustan llamar Santo Padre o Pontífice.

Casi todo lo que hace o dice gusta, tanto a muchos dentro de la Iglesia como a personas que no son cristianas. Unos y otros encuentran eco en sus palabras, el papa ya no regaña, se le percibe despierto, lúcido frente a los poderosos de la Curia, firme ante los que abusan de los pequeños. Francisco no desconfía del pueblo de Dios, mujeres y hombres que intentamos estar en el camino de Jesús, absolutamente conscientes de nuestras incoherencias, de nuestros deseos fallidos, de nuestros anhelos y sueños.

Una visión crítica papa Francisco

El papa Francisco durante su visita a Estados Unidos. Foto. Jeffrey Bruno

Nos involucra en los objetivos que marca. Como buen líder, hace buenos diagnósticos y los explica tan bien que los entendemos los que no somos sabios.

Estamos tan contentos que, de vez en cuando, nos entra miedo y pensamos que puede ser un sueño que se trunque rápido; hay quien piensa que podría haber poderes interesados en matarle, aunque, hasta ahora, parece que se han conformado con desprestigiarle.

Ante esta situación de contento, esperanza y como de equilibrio inestable surge, no obstante, la necesidad de una mirada crítica que no deje de soñar con una Iglesia siempre lo más próxima a la Noticia Buena que la justifica; la Iglesia no tiene sentido si no proclama y es fiel a aquél que sintió que había venido para dar vida y vida en abundancia.

Y es que hay muchas cosas que piden a gritos cambios en la Iglesia: la incorporación de la reflexión, la voz y la decisión de las mujeres, la estructura de la institución, la desvinculación de los poderes económicos y políticos, el respeto de la Iglesia a las leyes civiles, la liturgia, los textos que conforman las celebraciones, la formación de los presbíteros, el papel de las Iglesias locales, la colegialidad de los obispos y, sobre todo, la escucha de la Palabra y su actualización y vinculación con los signos de los tiempos.

Hay una causa que, creo, dificulta estos y otros cambios en la Iglesia, impidiendo que la renovación llegue, que el espíritu alce el vuelo: la forma de concebir y experimentar el tiempo en la Iglesia, el tiempo cronológico y el tiempo psicosociológico.

Y aquí considero necesaria una actitud crítica con respecto a Francisco y sus decisiones, pidiéndole y pidiéndonos que vayamos más allá, que no se debe y no se puede esperar.

Da la sensación de que el tiempo es “habitado y experimentado” por la Iglesia institución -y por muchas personas dentro de ella- como si no afectara a las vidas cotidianas y concretas de mujeres y hombres: se plantean los posibles cambios a medio y largo plazo, con más cautela que audacia, con más miedo que confianza.

Recorriendo lo que los evangelios y los estudios sobre ellos nos dicen en relación a la vida humana y personal de Jesús, nos encontramos con que su forma de experimentar el tiempo fue otra, los textos parecen indicar que vivía apremiado por la pasión del Reino de Dios, se percibe urgencia en su manera de vivir, de encontrarse, de comunicarlo.

No parece que tuviera cálculo de que llegara la buena noticia a las mujeres y los hombres del siglo XXI. Se preocupó más de comunicar a sus contemporáneos la pasión que le ardía en el corazón y fue esa pasión la que prendió en el corazón de los que le oían, de los que tocaba, curaba, abrazaba. Tampoco parece que el Padre, en el misterio de su comunión, le ofreciera un tiempo largo para anunciar el Reino: según los datos históricos fueron apenas tres años.

Es doloroso percibir cómo la comunidad posterior y, sobre todo, la gran Iglesia no ha lamentado cargar durante siglos sobre las espaldas de los hombres y, especialmente, de las mujeres fardos bien pesados y que cuando se ha atisbado la posibilidad de aliviar esa cargas -primordialmente de tipo moral- para volver a la propuesta honda de felicidad del Evangelio, los miedos y las cautelas se han impuesto férreamente.

Dicen que un signo de la postmodernidad es la impaciencia y la preponderancia del aquí y del ahora sobre el pasado o el futuro. Si es así, puede que esta reflexión sea hija de su tiempo, pero creo que los cambios en la Iglesia en la línea de tener como única referencia el anuncio del Evangelio urgen por dos motivos: por fidelidad a Jesús y su misión y por fidelidad a las mujeres y hombres que en todo tiempo y también en este, que es el nuestro, están sedientos de un agua que les permita no volver a tener sed.

Francisco no debe tener miedo a recordar que la Iglesia, pueblo de Dios, lleva un tesoro en las manos y que nuestra referencia es Jesús y su Noticia Buena que puede sanar el mundo, no la estabilidad de una institución que, en ocasiones, está más preocupada de su pervivencia que de su fidelidad.

Y ya urge. Si no se hace, la Iglesia seguirá respondiendo a los anhelos y preguntas del momento anterior, sin darse cuenta de que ya no están los que las formulaban.