Anda el patio revuelto con el tema del registro horario. Que si es un lío, que si es una regresión, que si esto que si lo otro…

Y habrá que decirlo nuevamente. El tema del registro horario no va a ser la solución al tema de las horas extras que se realizan en nuestro país. Pero el tema no es baladí. En España, según un informe de CCOO a partir de datos del Instituto nacional de estadística (INE), se realizan a la semana más de seis millones horas extra. Y casi la mitad no se pagan. ¿Y eso qué implica en términos de empleo? Pues que hay 170.600 personas asalariadas a jornada completa, menos de las que podría haber. Y que hay personas que no están cobrando por un trabajo que sí están realizando.

Una victoria de los sindicatos es la necesidad del registro horarioEsta legislación que se ha puesto en marcha el pasado 12 de mayo, no es la panacea. De hecho su aplicación está siendo conflictiva y está siendo objeto de consultas por parte de empresas, trabajadores, asesorías, etc…

La cuestión clave es que se ha instalado una cultura de la aceptación de la injusticia que es alarmante. O tal vez sea más adecuado hablar de “indefensión aprendida”. Nos hemos resignado a comportarnos pasivamente, o como mucho a quejarnos durante la pausa del café o la comida con los compañeros y compañeras de trabajo, con la sensación de que no podemos hacer nada, a pesar de que hay medidas y oportunidades reales de cambiar la situación por la que se está atravesando. Por ejemplo, la realización de horas extraordinarias que no se pagan, ni se cotizan, ni “existen” si llega una inspección de trabajo.

Hay quien habla de miedo a perder el empleo. Y se suele utilizar este miedo como la causa para no reclamar o denunciar antes situaciones injustas. Pero somos muchas personas las que pensamos que en realidad no es el miedo la verdadera causa, sino que a veces parece una excusa para no complicarse la vida o para seguir agachando la cabeza. Porque no estaría de más recordar que el despido realizado motivado por una demanda o una denuncia jurídica es nulo y por tanto es obligatoria la readmisión del trabajador cobrando y cotizando los salarios que se hayan perdido entre el despido y la readmision.

Y hablar de estas cuestiones no algo abstracto. Pienso en Fatou, que cuando reclamó hacer las horas que tenía en su contrato y no el doble, fue despedida. Y pienso en Pamela a quien, con un embarazo avanzado, engañaron por denunciar que le estaban descontando la parte que la empresa debía pagar a la seguridad social. Trabajadoras que no pueden tener representación legal porque trabajan en empresas muy pequeñas con pocos trabajadores.

Es cierto que la nueva legislación no es la solución a todos los males y que va a traer quebraderos de cabeza, y que seguirán sin cobrarse muchas de esas horas trabajadas pero, como afirmaba en un artículo reciente Isaac Rosa, “hay algo seguro: allí donde los trabajadores podamos exigir todo esto de manera colectiva, y no uno a uno a solas frente a la empresa, nos irá mucho mejor”.

Y esto lo logran los sindicatos, los trabajadores que se organizan y dejan de quejarse para actuar; tal y como la propia Iglesia en su compendio de doctrina social afirma: “Los sindicatos son propiamente los promotores de la lucha por la justicia social”, por los derechos de los hombres y mujeres del trabajo, en sus profesiones específicas: “Esta lucha debe ser vista como una acción de defensa normal en favor del justo bien; […] no es una lucha contra los demás”.

¿Seguiremos diciendo como creyentes que esto del registro horario, que esto de los sindicatos, no va con nosotros?