Te regalo esta carta, mi Lillo, ahora que sé que la recibirás pleno, desde el descanso eterno. Tanto hemos caminado, compartido y vivido juntos que se me amontonan recuerdos y me hacen sonreír. ¿Te acuerdas de cuando íbamos contentos por la calle y te cantaba una canción e, inmediatamente, bailabas con ese movimiento de rabo feliz?

Y es que has sido, sin duda, mi gran guía durante muchos años, enseñándome mucho de verdad. Lazarillo en la movilidad, pero ejemplo en la vida. ¡Cuánto he aprendido contigo desde el silencio! Nunca diste un problema ni un ruido, hasta el punto que todavía recuerdo tus cuatro ladridos contados que hiciste en toda tu vida y que me sorprendieron por el desconocimiento cuando los oí. Tu modo de expresar cuando tocaba, de acompañar estando, de aguantar paciente y tu bondad infinita.

Lillo, el perro guía de Mariano Fresnillo

Lillo, el perro lazarillo de nuestro colaborador Mariano Fresnillo.

Ha sido una suerte compartir contigo casi catorce años de intensas vivencias, dándolo todo por mí. Qué generosidad la tuya, sin pedir nada a cambio —bueno, eso sí, el pienso y las chuches que no faltaran.

Siempre me sorprendías, paciente en todo momento y queriendo agradar permanentemente a cualquiera, como fuese, sin distinción, tratando a todos por igual.

Mi ángel de la guarda, así te he definido ahora, velando por los demás y seguro que allá arriba seguirás guiando a muchos más. Un ejemplo de entrega, demostrando que, como decía San Francisco, sois también criaturas de Dios, bendecidos por Él. Seguro que este, mi gran santo, al final de su vida quedándose ciego, habría escogido un perro guía como tú para acompañarle.

Pero, sin duda, me quedo con tu mirada. Esa mirada que penetraba muy dentro del alma. Hasta a mí me transmitías con ella, y eso que, aunque no te veía, los dos lo hacíamos desde el corazón. Cuando llegó Herco a casa, tu hermano de fatigas, todo el mundo se sorprendía por su juventud, su fuerza, su belleza, pero a la vez todos me decían: “Como la mirada de Lillo no hay otra”. Hasta Gema, tu querida amita, que tanto te cuidó al final de tu vida, me reconoció que nadie la había mirado con tanto amor. Seguro que Dios miraba a través de tus ojos.

Ahora tu mirada se apagó pero, en cambio, tu luz resplandece. Has dado tanto que son todo palabras de agradecimiento por tu existir. Y qué pequeñez de miras el que solo ha visto en ti un perro y nada más. Has sido más que un perro, un guía en la vida y tanto has significado para muchos que yo te denominaba en muchas ocasiones como un santo varón. Amaste en plenitud y ese amor llegó a muchos que ahora te recuerdan con nostalgia.

Quería terminar esta misiva dándote una vez más las gracias, Lillo, por haber existido y vivido a nuestro lado estos años. Te recordaremos siempre por tu ejemplo, ya que para nosotros eras como nuestro hijo de cuatro patas e irremplazable. Cuando te fuiste físicamente algo se nos rompió en nuestro interior y se desgarró el corazón pero ahora, en la calma y la esperanza de la resurrección, estamos contentos recordándote. Que sigas guiando y acompañando a muchos en el cielo. Te queremos mucho.

Mariano, Gema y Herco.