Conozco muy superficialmente las tres religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo) como para hablar con un mínimo de profundidad sobre ciertos aspectos de las mismas y, en este caso que nos atañe, de la mujer. Debo decir también que tampoco soy experto en ninguna otra por lo que al resto de religiones se refiere, como para hacer algún tipo de comparación. Sin embargo, sí que me veo con cierta capacidad para hacer un poco de hincapié en algunos aspectos de las primeras, concretamente del papel de la mujer.

Es más que evidente que la mujer no sale bien parada, que digamos, en las tres religiones monoteístas; pensando en las posibles razones me ha parecido ver con meridiana claridad que la razón puede radicar en el hecho de surgir ambas de la misma raíz o tener idéntico origen. Para comenzar, no es sospechoso que las tres tengan un fundamento clave que es por encima de todo patriarcal: Yahvé, Dios, Alá. Y no se trata de cuestión de nombres, sino de realidades puras y duras que tienen al sexo masculino, en toda plenitud, si se quiere, como fundamento de todo lo que pueda venir después. Normalmente un dios, en los tres casos, que es por encima de todo omnipotente, poderoso, capaz de aniquilar implacablemente a los enemigos, algo propio del guerrero masculino por antonomasia; un dios al que se le nombra con el calificativo de “padre”, no permitiendo que salga para nada la palabra “madre”, aunque sí aparezcan ciertos aspectos de ella, como que tiene entrañas, por ejemplo.

Por otro lado, en la religión que lo permite, dentro de las tres, se le presenta con la figura de “varón”, normalmente bien plantado y con barba más que poblada. Con estos precedentes no hace falta ser muy avispados para intuir que la mujer lo tiene bastante mal a la hora de ocupar un papel, no ya relevante, sino el que le correspondería como la otra parte equitativa que es de la humanidad. Ello no quiere decir que no haya excepciones. Creo que no es el momento de hacer un recorrido por el Antiguo Testamento, pero encontraríamos casos en que la mujer juega un papel preponderante por su sagacidad, su valor, su coraje u otras virtudes. Se me ocurre pensar, por ejemplo, en el caso de Judit. Existen más casos, pero creo que demasiado exiguos, si los comparamos con los de los varones. Si nos adentramos en el Nuevo Testamento nos encontraríamos con una situación semejante. Menos mal que Jesús consigue resituarla un poco, ensalzándola y levantándola en cierta manera del hundimiento al que se le había sometido. Solamente por citar el caso para mí más flagrante me gustaría mencionar a la mujer adúltera que el evangelista Juan describe en el capítulo 8. Que yo sepa, el adulterio es cosa de dos, ¿por qué el castigo era solamente contra la mujer? Pienso que sobran explicaciones.

Si nos adentramos dentro del cristianismo, serían varios los momentos que tendríamos que tener en cuenta. Para comenzar, mencionar simplemente de pasada el papel que en general San Pablo otorga a la mujer: “las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les está permitido hablar” (1Cor, 14,34). Creo que es el texto más claro en este sentido. También es verdad que menciona algunas como puntales clave en su predicación, tal es el caso de Febe, Priscila, Lidia, etc. Incluso a su favor, por supuesto, está el texto de Gal 3,28 donde pone al mismo nivel a la mujer y al varón “Ya no hay judío ni pagano, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

Más tarde, las diferentes iglesias surgidas de la Reforma adoptaron un papel más positivo respecto a la mujer; especialmente si nos atenemos a tiempos más recientes. Para no extenderme, simplemente mencionaré el acceso al presbiterado y al episcopado de la mujer en ciertas Iglesias reformadas, frente al inmovilismo tenaz y tozudo del catolicismo y de las Iglesias ortodoxas principalmente. Personalmente considero que son migajas que se quiera ver como un paso muy avanzado el hecho de que se esté “estudiando” la posibilidad de que la mujer pueda acceder al ministerio del diaconado en la Iglesia católica. Creo que se hace más que urgente que la mujer católica pueda recibir ya el sacramento del orden sacerdotal, pues debe tener los mismos derechos y deberes que el varón, por lo que a la relación con la comunidad cristiana se refiere. Y ya no digamos del papel que juega el rabino en la religión judía y de las mujeres dentro de la misma y mucho más todavía el del imán, en la religión musulmana.

Precisamente para acabar, dos cosas nada más sobre la mujer en el islam. No hace falta decir mucho, pues se ve a toda luz el hecho de que la mujer islámica se encuentra en un estadio de infravaloración que clama al cielo. Más aún cuando en el islam el aspecto social y el religioso están tan imbricados que resulta muy difícil saber cuándo actúan por unos motivos o por otros. El imán es el que interpreta el Corán, dicta las normas, dirige la oración, etc. En la mezquita, hombres y mujeres están separados, entre otros aspectos. Y ya, como colofón, aunque muchos dirán que se trata del tópico de siempre, está el tema del velo o hijab, que personalmente considero un signo de sumisión claro, evidente y rotundo frente al varón. Me lo dijeron en una ocasión unas monjas de un monasterio contemplativo que decidieron conservar el hábito y quitarse el velo, “porque ellas -cito palabras textuales- no estaban sometidas a nadie ni por nadie” y el velo lo consideraban como el signo más evidente de dicho sometimiento. Ya no digamos a la hora de desempeñar cualquier tipo de cargo o función en la sociedad en que viven, que les está vedado en la gran mayoría de los casos, por no decir en todos, dependiendo principalmente del lugar. Me parece urgente, necesario y de derecho humano la liberación de la mujer en el islam de tantas ataduras indignas como la ligan y la someten.

¡Lástima que de un tronco tan pleno de libertad como es el monoteísmo hayan salido unas ramas tan rígidas y con tan poca sabia! Quizá debiéramos recapacitar un poco, pues a lo mejor no hemos sabido o no hemos sido capaces de regar y abonar dicho tronco, como dice la parábola del Evangelio respecto a la higuera.