Hablando religiosamente, el tema de la fe se ha planteado siempre, por lo menos a nivel popular, como la actitud de la persona, creyente en este caso, respecto a Dios. De ahí la distinción entre creyentes y no creyentes; es decir, personas que creen en Dios o en “algo”, como dicen muchos, frente a las personas que dicen no creer en nada, referido a Dios, en este caso. No sé si somos conscientes de que plantear la fe y el creer en Dios de esta manera significa caer en una serie de errores, no ya solo teológicos, que al fin y al cabo es lo que menos me preocupa, sino en una concepción demasiado parcial.

La persona en el centro de la experiencia de Dios

. FOTO IAN ESPINOSA / UNSPLASH

Así pues, cuando alguien dice que cree en Dios, está presuponiendo que es él o ella quien, después de toda una serie de argumentos, generalmente racionales, aunque también el sentimiento puede jugar y juega un papel relevante, decide mantener una actitud de afirmación personal, en el sentido de que es él o ella quienes dan el paso de cara a asumir que Dios existe y que tiene sentido creer en Él. En una concepción así, ¿dónde está la fe como don que después acepta libremente la persona, como es el caso? Si se me permite el símil, estaríamos ante una visión vertical, como si de una flecha se tratara, que apunta hacia arriba; es decir, sería la persona que se considera creyente quien decide, después de sus argumentos y razones como ya dije anteriormente, dar el salto y lanzarse, en cierta manera, hacia el “Infinito”.

Por otra parte, tengo la impresión de que, al tratarse poco de oferta y mucho de decisión personal, existe un peligro bastante grande de “objetivizar” esta fe, en el peor sentido de la palabra. “Creer” iría menos en la línea de aceptar a “Alguien” que se te ofrece y, en cambio, más de cara a hacer míos toda una serie de conceptos o fórmulas que acaban concretándose en ese “algo” del cual hablaba también al principio. De ahí que se hable mucho de fe en el sentido del cual nos hablaban los catecismos antiguos cuando nos recordaban que “consistía en creer lo que no vimos”, en vez de hacer hincapié en la confianza hacia “Alguien” que te llama y se te ofrece de manera generosa, gratuita y desinteresada, pues no pide nada a cambio. Continuar yendo por aquí supondría traer a colación toda la cuestión del “mérito” y de la “gracia”, muy propio del protestantismo, por cierto, pero que no estaría mal que lo hiciéramos nuestro.

Esta concepción del “creer” ha hecho que, para la mayoría de las personas que se sienten creyentes, la fe haya supuesto y siga suponiendo en el fondo una carga que hay que asumir para evitar que un día, después de la muerte, claro, no recibamos un castigo severo. Con lo cual, si se me permite y utilizando términos muy humanos, el hecho de creer más que una suerte es una desgracia, es una carga en vez de un alivio.

Para mí, pienso que en general se ha insistido muy poco (desde los “púlpitos” son raras las veces que se ha hablado de ello) en el hecho de que Dios ha creído siempre y seguirá creyendo en la persona, a pesar de que esta no quiera saber nada de Él ni a nivel intelectual ni afectivo. Toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento está llena de ello. Basta coger al profeta Oseas como ejemplo; en él aparece un Yahvé que continuará apostando por su pueblo a pesar de que este se prostituya con dioses extranjeros. No se menciona para nada el mérito ni que el pueblo deje de creer en su Dios. A pesar de su infidelidad que es a lo peor a lo que se puede llegar, Yahvé continuará estando a su lado y protegiéndolo de cualquier mal.

Por esto, precisamente, me molesta tanto esa distinción que a veces hacen o hacemos referida al hecho de creyentes y no creyentes. Me preocupa o me sabe mal no el hecho de que haya hombres y mujeres que no creen en Dios, sino que no hayan experimentado ni que nadie les haya dicho que Dios sí que cree en ellos.