Silvio José Baez, obispo auxiliar de Managua

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos con el corazón lleno de dolor por tantos jóvenes asesinados cruelmente por la dura represión y estamos con la conciencia llena de incertidumbre ante el futuro de nuestro país. Sin embargo, más allá de todo brilla en nuestro espíritu la certeza de la presencia y del poder de Jesús, «que ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder (…). Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida imparable que ha penetrado el mundo» (Evangelii Gaudium, 275-276).

Nicaragua al borde del conflicto armado por el mal gobierno de Daniel Ortega

Manifestante en Nicaragua. FOTO: EFE – Jorge Torres

Jesús quiere que los cristianos no vivan aislados ni indiferentes ante los dolores y las alegrías del mundo. La historia de la humanidad es el hogar de los cristianos, del que no pueden renegar y del que no pueden ni deben huir. Jesús quiere que vivan en el mundo. Solo le pide al Padre que los guarde del Maligno, que les de sabiduría y fortaleza para que no sean ingenuos dándole fuerzas al mal, para que no traicionen su fe siendo cómplices del mal y para que no claudiquen jamás haciéndose agentes de las fuerzas del mal.

No podemos rehuir a nuestro compromiso de solidaridad y defensa de los más pobres, los más desvalidos y vulnerables, las víctimas de los sistemas injustos, del mundo del descarte y de la indiferencia. Jesús nos quiere en medio del mundo para que nos opongamos valientemente contra sistemas sociales, económicos y políticos que solo favorecen los intereses de los poderosos y oprimen y violentan a las grandes mayorías. Jesús nos quiere en el mundo para que alcemos la voz y nos comprometamos por una justicia que no deja fuera a nadie, que se nutre de la riqueza de la diversidad humana y se expresa en el respeto a la dignidad de los derechos de cada persona humana.

En este momento en Nicaragua «estar en el mundo sin ser del mundo» exige no ser neutrales. Quien en una situación de injusticia social y de represión criminal, como la que vivimos elige el camino de la pasividad y enarbola la bandera hipócrita la imparcialidad, se vuelve cómplice, cómplice del mal. Hoy muchos se llenan la boca hablando de tranquilidad y de paz. ¡Cuidado! No promovamos la paz de los cementerios ni la de los esclavos sometidos. La paz que anhelamos y que queremos construir es la paz de Jesús, una paz que pasa por la tensión y los conflictos con quienes odian la paz. La paz de Jesús tiene un precio: la cruz. Quien quiera hoy la paz, no puede simplemente pronunciar discursos huecos y ambiguos de pacificismo descafeínado. Quien quiera la paz hoy debe mostrar que está dispuesto a exponerse, estar dispuesto a ser calumniado, amenazado e injuriado por ponerse del lado de las víctimas de la violencia y condenar a quienes agreden y matan porque tienen las armas. Quien quiere la paz hoy debe luchar por la justicia.

Estamos a las puertas de un «Diálogo Nacional», frente al cual el gobierno de Nicaragua no ha dado signos claros de buena voluntad de querer enrumbar al país por un nuevo sendero de justicia, paz y democracia. Sin embargo, la Iglesia no puede no acompañar este último esfuerzo racional como solución del grave conflicto que vivimos. Vamos a buscar la paz, pero dejando claro que «ya no se trata de alcanzar un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz, ni de un proyecto de unos pocos para unos pocos» (Gaudete et Exsultate, 89). Se equivoca quien cree que este diálogo es para volver a la frágil, artificial y mentirosa «tranquilidad» que vivíamos hace un mes. Se equivocan quienes creen que este diálogo es simplemente para sofocar las reivindicaciones sociales que los estudiantes y el pueblo entero está reclamando. «La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios» (Evangelii Gaudium, 218).

El momento es delicado. Por eso no debemos dejarnos llevar por la emoción, la ira, la precipitación irresponsable, el miedo y mucho menos por la violencia. ¡Jamás la violencia! Nada violento. Ninguna violencia. Por eso tenemos que practicar más que nunca el discernimiento, «educándonos en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29)» (Gaudete et exsultate, 174). Ni violencia ni intolerancia. Pero sí sabiduría y perseverancia, fuerza y claridad. Nunca abuso ni agresión a nadie. «También se requiere generosidad, porque hay más dicha en dar que en recibir (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor nuestra misión en la vida hasta darlo todo» (cf. Gaudete et exsultate, 174). Los jóvenes que han ofrendado su vida por Nicaragua nos han dado un ejemplo digno de imitar. «Hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida» (Gaudete et exsultate, 175).

No huyamos el del mundo, estemos en el mundo, no tengamos miedo de estar en el mundo, pero no seamos del mundo. Es la consigna de Jesús. Él nos sostiene y acompaña son su presencia amorosa y su permanente y poderosa intercesión. Jesús nos revela hoy que estamos seguros, que podemos tener confianza e ir al mundo en su nombre, pues estamos sostenidos tiernamente por las manos del Padre del Cielo.