Los alandadores estamos encantados con el proyecto de la Radio Alandar y, aunque sus comienzos sean modestos, hay que irse preparando para su expansión. Me adelanto aportando ideas para que llegue a convertirse en líder de difusión de la cultura  bíblica.

Pronóstico del tiempo: excelente momento para recordar a Noé, pionero en el método ornitometeorológico: a falta de otros instrumentos de medición, soltó un cuervo y después una paloma para informarse, según volvieran o no al arca, de cuál era la humedad relativa del aire y si llegaba por fin el anticiclón después de tanto diluvio.

Programas musicales: emitir versiones actualizadas de los himnos de David, aprovechando para encomiar la caballerosidad de su descendiente Salomón: interesado en el negocio de la construcción, nunca reclamó sus derechos de autor, evitando así problemas con la SGAE.

Anuncios: ocasión privilegiada para  dar a conocer a los profetas: a Amós, que no consentía la propaganda de vinos o perfumes de marca: “- Solo están al alcance de los  tarjetas black de Samaria”, vociferaba. A Isaías y su boicot a la importación de inciensos de Arabia Saudí y a la carne Kobe traída de Oriente, muy apreciada para los sacrificios: “Al Señor le da alergia al humo de las barbacoas litúrgicas en las nunciaturas”, proclamaba.

Novelas y seriales: según la población diana a la que vayan dirigidos, pueden presentarse estos personajes: Jonás: “En las fauces de la orca asesina: relato de un superviviente”. Tamar, Rahab, Rut y Betsabé: “Incesto, prostitución, seducción y adulterio: cuatro sombras de Grey en la genealogía según Mateo”. Relatos de terror: “El perrito diabólico: el trágico parricidio de Jefté”. Para niños: “Balaan y su burra parlanchina”; hijo pródigo: “Los cerditos glotones”, “El chico que comía algarrobas”.

Programas informativos: es la cuestión más peliaguda porque, dada la previsible escasez de medios económicos, muchas noticias tendrán que darse en diferido. Para paliar este inconveniente, se puede echar mano de la memoria histórica: cuando cayó Jerusalén (587 a.C.), el profeta Jeremías vivió en directo la catástrofe, mientras que Ezequiel,  cautivo en Babilonia,  tardó más de un mes en enterarse. La noticia y el disgusto le llegaron cuando llegó un fugitivo a contárselo (los aficionados a maratones pueden calcular lo que pudo tardar en recorrer los mil y pico kilómetros que  separan Jerusalén de Babilonia).

Moraleja: las malas noticias, si llegan aplazadas, sobresaltan menos. Puedo ofrecer en primera persona un testimonio reciente: al  visitar este verano una exposición sobre Atapuerca, me enteré de que hace 800.000 años aquellos homínidos practicaban el canibalismo. ¿Me detuve petrificada a comentar la atroz noticia? No. Seguí avanzando impertérrita hacia otra sala. ¿Habría reaccionado igual si estuvieran diciendo en la SER que esa misma tarde se había descubierto cerca de Burgos un caso de canibalismo? En absoluto. De donde se pueden extraer estas conclusiones, dignas de aparecer en el suplemento Buena Vida: las noticias en diferido afectan menos al sistema cardiovascular y son mejor asimiladas por las dendritas que reciben esos impulsos neuronales. La escena de Moisés en el Sinaí lo corrobora: mientras él estaba allí, grabando tan tranquilo las tablas de piedra, los israelitas a pie de monte  danzaban como locos alrededor del becerro de oro. ¿Se lo dijo Dios de inmediato? No, tardó 40 días en avisarle, dándole tiempo para prepararse al soponcio que le esperaba al bajar.

Se me ocurren más ideas, pero de momento creo que éstas son suficientes para que los personajes de la Biblia okupen merecidamente nuestra radio.