Voy a ver La isla de los monjes animada por la valoración de la crítica y porque, de entrada, las películas dirigidas por mujeres (Anne-Christine Girardot en este caso), tienen  mucho a su favor para gustarme. Leo comentarios sobre el documental: “Ocho cistercienses de una antigua abadía de Holanda enfrentados al difícil trance de buscar un nuevo hogar donde vivir”, “hombres de oración expuestos a turbaciones internas y externas, a dudas y temores y a todo un mundo fuera de la clausura que desconocen, desde ir al supermercado a comprar un billete de autobús”, “un cuidado documental”, “una hermosa película”.

Dolores Aleixandre habla de la Isla de los MonjesPues sí, coincido con las opiniones y me ha gustado, aunque me ha quedado a la vez la impresión de que tiene una “esquina rota”, como aquella primavera de la que hablaba Mario Benedetti. Porque por un lado entiendes lo que tiene de desafío  para los monjes lanzarse a la aventura de una nueva fundación, pero es imposible no recordar que, según los datos de ACNUR, hay en el mundo 65 millones de desplazados y refugiados y que a lo largo del año se ha ido  sumando un promedio de 20 personas por minuto obligadas a huir de sus hogares y buscar protección en otro lugar, ya sea dentro de las fronteras de su país o en otros países.

Por eso me ha faltado en la película alguna alusión a ese contexto, alguna referencia, aunque fuera mínima, a la existencia de esas situaciones por las que están pasando hoy tantos millones de personas. Porque es verdad que “apagar la luz” y cerrar un monasterio es duro, que esos monjes experimentan sentimientos de desarraigo y pérdida,  pero en una situación  infinitamente menos dramática que la vivida por tantos otros.

Viniendo al particular de España: aquí se cierra un convento cada mes y muchos miembros de comunidades monásticas o religiosas viven (vivimos) tiempos de disminución y precariedad, pero, ¿cómo no tener grabadas en las pupilas las imágenes de caravanas de gentes que recorren Europa en demanda de asilo o se embarcan en viajes de solo ida? Lo recordaba Erri de Luca en un poema de Navidad:

Nacerá en una bodega entre viajeros clandestinos.
Lo calentará el vapor de la sala de máquinas.
Lo acunará el balanceo del mar a través.
Su madre está embarcada en busca de la salvación o la fortuna,
su padre fue el ángel de una hora,
muchas paternidades consisten en eso.
En tierra firme lo habrían dejado en un contenedor de basura.
Cortarán con los dientes el cordón umbilical.
Lo arrojarán al mar, a la misericordia.
Sólo podemos darle los meses de vientre, dicen las madres,
podemos esperarlo, pero no abrazarlo(…)
Nacer es sólo un aliento de aire podrido. No existe mundo para él.
Nada de su vida es una parábola.
Ningún martillo de carpintero golpeará las horas de su infancia,
ni los clavos en la carne.
Yo no me llamo María, pero a estos hijos míos
que nunca han llevado un vestido o un nombre
los marineros los llaman Jesús
porque nacen en un viaje, sin llegada.
Está con aquellos que viven el tiempo de nacer.
Va con aquellos que duran una hora.

Un deseo para estos momentos de desplazamientos en masa de personas y de tanta incertidumbre:que se nos pegue la lengua al paladar si nos olvidamos de que estamos  “compartiendo viaje” con tantos (#sharejourney) porque, en palabras del papa Francisco: “Cuando hay un “nosotros”, comienza una revolución”.

Sigue presente una de las preguntas más importantes que podemos hacernos como individuos, comunidades y países, “¿Permito que el miedo prevalezca en mi corazón, o dejo que reine la esperanza?”.