Tenemos muy reciente la Semana Santa y quizá nos hemos sentido sumergidos en el inevitable discurso que emerge cada año amenazando con teñir de color morado a quienes la celebramos. Con suerte -y si en la parroquia había sensibilidad musical- puede que ya no hayamos escuchado lo de “No estés eternamente enojaaaaado”,  pero lo más probable es que, junto al nombre de Jesús, se hayan pronunciado palabras como víctima, inmolación, expiación, reparación, sacrificio o satisfacción. Es un lenguaje de larga tradición pero no es el único: junto a él  existen otras maneras de nombrar a Jesús sin despegarnos de lo que nos cuentan de él los evangelios y aún estamos a tiempo de recordarlos:

El Despierto  (el Lúcido, el Consciente, el Enterado…). Resulta llamativa la insistencia de los evangelistas en dejar claro que Jesús se daba cuenta de lo que se le venía encima, que no era un inconsciente, que no le pilló de sorpresa.  El gran salto de conciencia le llegó a través de la mujer  que  ungió su cabeza con perfume durante un banquete en Betania (Mc 14,1-11). El gesto evocaba lo que habían hecho los profetas con los reyes de Israel, pero él lo leyó de otra manera: era un aviso de que su vida estaba a punto de ser derramada como aquel perfume y le quedaba poco para ser ungido antes de su sepultura. Lo intuye Juan cuando anuncia con solemnidad: “Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre…” (Jn 13,1). Es la versión evangélica del sutra budista  de la Plena Conciencia: “Cuando respiro, soy plenamente consciente de que respiro…” y él podía decir: “Cuando me levanto de la mesa y me quito el manto para lavar los pies de los míos,  soy plenamente consciente de que los estoy queriendo más allá de lo que creí que podía llegar a quererlos…”.

El Descartado. El término, familiar ya gracias a Francisco, evoca un largo proceso de conspiraciones, tramas, maniobras, traiciones y pactos entre sus enemigos. En torno a Jesús se fue tejiendo una red siniestra, hábilmente justificada  con argumentos y razones políticas: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”, había sentenciado Caifás. Hay que descalificarlo hasta convertirle en sospechoso, en encausado y presunto imputado; no sabrá defenderse de las calumnias y será fácil demostrar su culpabilidad, conseguir sentencia firme y un linchamiento popular hasta quitárnoslo de en medio.  “¿No oyes de cuantas cosas te acusan? –le dijo Pilato. Pero él permanecía en silencio”  (Mt 27,14). Estaba envuelto en  el silencio como en un manto real, ese manto en el que siguen envueltos hoy los descartados de nuestro mundo.

El Vacío. Quizá mejor el Vaciado, el Desfondado, el Quebrantado, el Hundido. Lo escribe Pablo sobrecogido: “Se vació de sí mismo, tomó la condición de esclavo” (Fil 2,20). Tumbado entre los olivos del huerto, despojado de fuerzas y de ánimo, siguió empujando su confianza hasta los límites de lo imposible. “No llevéis alforja, ni dos túnicas…”, había aconsejado a los suyos: él subió sin alforja al monte y la túnica se la arrancaron antes de crucificarle, para qué la quería ya. “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí”, había dicho Job (1,20). También a él un seno materno le recogía, desnudo, al final de la noche.

El Eufórico. La raíz griega va más allá de un estado de ánimo propenso al optimismo: euforos es alguien que ha llevado bien una carga, que ha conseguido buenos resultados, que es portador de algo bueno (frutos, noticias felices, alegría…). Cuántas razones tenía el Viviente en la mañana del primer día de la semana para recibir ese nombre. Cuántas razones tenemos también nosotros para vivir junto a él su euforia pascual.