Por circunstancias un poco especiales que no voy a ponerme a contar aquí, he aterrizado en abril en París y he aprovechado para ir a La Procure, la librería religiosa más grande e interesante que conozco. Entro con un techo de gasto más bien modesto (35 euritos…) y con solo  hora y media para elegir entre el millón de productos culturales y religiosos que anuncian en su web. Como Ulises resistiendo al canto de las sirenas, me alejo con determinación de los estantes de libros de gran formato (ya saben, más de 200 páginas, tapa dura, cinta señaladora…) y me mantengo en los espacios destinados a libros pequeños y de tapa blanda. Me muevo de acá para allá cogiendo y dejando, mientras hago cálculos mentales de lo que van sumando los que elijo y, finalmente, llego triunfante a la caja cargada con cuatro libritos que, para que se hagan idea, pesan juntos no más de tres cuartos de kilo y se ajustan con precisión a mi presupuesto.

A la hora de elegirlos me han influido factores varios: el reclamo de dos autores que han logrado en mí hace tiempo eso que ahora se llama “fidelización”: Christian Bobin (no se pierdan Autorretrato con radiador, traducido ya en Árdora) y François Cheng, un chino medio filósofo, medio poeta y domiciliado en Europa del que ya había leído Cinco meditaciones sobre la muerte.

Lo del tercer libro fue un amor a primera vista en cuanto vi el título: Résurrection. Mode d’emploi, de un tal Fabrice Hadjadj, de nombre absolutamente impronunciable. El último, Amour sans limites, de un monje anónimo, responde a mi convicción de que desde la Iglesia de Oriente nos llegan tesoros que aquí tenemos un poco descuidados.

Los voy leyendo a poquitos, contenta de que su modesta liviandad me permita llevarlos encima y leerlos en trayectos de transporte público. Transcribo como muestra algunos textos de Bobin:

“Todo lo que sé del cielo proviene del asombro que experimento ante la bondad inexplicable de tal o cual persona, iluminada por una palabra o un gesto tan puros que se impone de pronto ante mí el hecho de que no hay nada en el mundo que pueda ser su fuente”.

“En cada recién nacido Dios se vuelve a poner entre nuestras manos poco seguras, como un jugador que, brillantemente, vuelve a apostar a aquello que ha perdido mil veces”.

“La fraternidad -esa confianza irracionalmente dada a lo desconocido- vuelve a poner el cielo en marcha”.

“Desde que su madre tiene la enfermedad de Alzheimer, P. no habla con ella más que del presente. Pasan largos ratos juntos discutiendo la forma de las nubes del cielo. Un día ella le pide venir urgentemente “para ver una maravilla”: es para mostrarle el gato dormido sobre un cojín. Otro día pasa de la risa al llanto ante un pequeño limón que brota en el limonero de su jardín. Su enfermedad hace de ella una visionaria sin escritura. Los éxtasis que sufre le permiten ver los milagros que  nuestras pretensiones descuidan”.

Tengo la secreta esperanza de que, a lo mejor, le “fidelizo” a alguien más…