El pasado 9 de octubre se conmemoraron 50 años del asesinato del Che Guevara en Bolivia. Para sorpresa de muchos la vida de este político, escritor, periodista y médico argentino-cubano, tiene muchos puntos convergentes con la doctrina cristiana.

Así, por ejemplo, el Che afirmaba que -dependiendo de la resistencia que presentaran las fuerzas reaccionarias para dejar nacer un nuevo mundo- los pueblos oprimidos podrían alcanzar una verdadera libertad social, económica y política, tanto por la vía electoral como por la revolución armada.

Una mirada cristiana al Che GuevaraSobre esta última alternativa Pablo VI expuso que las revoluciones únicamente serían “admisibles” en el caso de que, no habiendo alternativa pacífica alguna para producir cambios sociales, exista una tiranía evidente y prolongada que dañase peligrosamente el bien común de la población. Y también fue el mismo Sumo Pontífice quien advirtió que “es de augurar que la exaltación del ideal de la paz no favorezca la cobardía de aquellos que temen deber dar la vida al servicio del propio país y de los propios hermanos cuando éstos están empeñados en la defensa de la justicia y de la libertad”

Por otra parte, para Guevara los pueblos subdesarrollados -a quienes comparaba con enanos de cabeza enorme y tórax henchido cuyas débiles piernas y sus cortos brazos no armonizaban con el resto de su anatomía- eran colonias dependientes del imperialismo con economías distorsionadas basadas en el monocultivo, el desempleo y los bajos salarios. Para enfrentar estos flagelos proponía socializar los bienes existentes, distribuir equitativamente todas las riquezas de la sociedad, y crear una producción de tipo social en la que el fruto del trabajo humano sea beneficioso para la comunidad en su conjunto.

Sobre estas cuestiones el cristianismo entiende que nunca se debe perder de vista el destino universal de los bienes existentes en toda la comunidad -Conc. Vat. II- ya que, evidentemente, no existe razón para que una persona reserve en uso exclusivo lo que supera la propia necesidad cuando al resto de la humanidad le falta lo necesario para vivir dignamente -Pablo VI-.

Por último, cabe señalarse que Guevara siempre tuvo la esperanza de que existiera una auténtica soberanía de los países colonizados para que éstos pudiesen crear políticas exteriores independientes.

En idéntico sentido se expresa el cristianismo ya sostiene que la mayoría de las relaciones entre las naciones están dominadas por el imperialismo del capital para el cual la patria está donde existe ganancia -Pio XI-. Y, también, promueve la creación de un nuevo orden político en el que las naciones subdesarrolladas puedan participar plenamente de los bienes de la civilización moderna y tengan la posibilidad de relacionarse y comerciar libremente con quienes ellos decidan -Conc. Vat. II-.

 

 

En resumen, y muy a pesar de quienes comulgan con la Iglesia que Marx llamó el opio de los pueblos, se puede afirmar que el Che Guevara fue un hombre que con aciertos y extravíos se empeñó en construir -al igual que lo hace la Iglesia de Cristo Pobre- un entramado social más humano e inclusivo.