En un cuento maravilloso de Erik Orsenna titulado “La gramática es una canción dulce” había un personaje que dedicaba sus días a leer en el diccionario las palabras que habían quedado más en desuso. Las leía en voz alta porque eran palabras que nadie pronunciaba ya. Él se sentía en la obligación de proclamarlas porque tenían que seguir con vida, porque la maravillosa diversidad de tener un nombre para cada objeto, para cada sentimiento, para cada situación, no podía perderse.

El sábado fue el Día mundial de las lenguas en peligro y la UNESCO recordó que la mitad de las 6.700 lenguas habladas actualmente corren riesgo de desaparecer antes de que finalice el presente siglo.

Cualquiera puede decir que es mejor que todos nos entendamos en una sola lengua, que es más fácil, que es más rápido… Pero esa maravillosa diversidad que nos hace humanos, que nos hace capaces de distinguir matices sin fin, de pronunciar un universo con cada palabra, de poner sobre cada sílaba la carga de nuestra vivencia cultural y de nuestra propia vida… todo eso no debe perderse.

El mítico ejemplo de las decenas de nombres que los esquimales tienen para el color blanco; la diversidad de los animales, las plantas, los frutos; la variedad de las herramientas, los utensilios; el colorido lingüístico de las comidas, que siempre son las palabras más distintas entre un idioma y otro, porque remiten a lo más básico, a lo más humano.

“Patrimonio inmaterial” llama a eso la UNESCO. Una riqueza que tenemos los seres humanos y que hay que conservar, para que nuestra palabra siga teniendo vida.

http://www.unesco.org/culture/es/endangeredlanguages