Ayer fue el Día Mundial de la Lengua Materna. Un buen momento para reconocer mi fascinación por las palabras, por los idiomas, por los sonidos a los que adherimos un significado compartido. Creo que nuestra lengua materna (o lenguas, aquellos que tienen la fortuna de ser bilingües), nos define y nos hace ver el mundo desde una cierta perspectiva, a interpretarlo y vivirlo.

Aprovechando que se celebra ese Día Mundial, escribo un post que tenía pendiente desde hace meses, cuando ví por casualidad el documental “Lenguas en extinción” (“The Linguists”) en el canal Odisea. Realizado por dos lingüistas, David Harrison y Gregory Anderson, el reportaje recorre rincones donde existen idiomas que ya apenas tienen hablantes y que, en un futuro próximo, corren el riesgo de desaparecer.

Me gustó muchísimo el documental pero, muy especialmente, se me quedó marcada una escena, rodada en algún rincón de alguna república de la antigua Unión Soviética. Un hombre recordaba cómo, cuando era joven, se le ocurrió utulizar el alfabeto cirílico para transcribir algunas cosas en su lengua materna que no tenía escritura propia. Un señor hecho y derecho que, ante la cámara, se deshacía en lágrimas al recordar cómo le habían reprendido por hacer eso, porque su lengua materna no era digna de ser escrita en ese alfabeto. Una lengua de segunda o de tercera categoría.

Y nunca más la escribió. Y ahora su idioma se extingue.

Me conmovieron las lágrimas de ese hombre hablando de algo tan básico como la lengua. Porque nuestro idioma materno lo llevamos grabado en el alma.

Ninguna palabra debería perderse, aunque hiciera falta tener a alguien encargado de leer en voz alta las palabras del diccionario que están más en desuso, para que no se extingan, como en la novela de Eric Orsenna, “La gramática es una canción dulce”. Palabras con poesía, bellas y horrorosas

Aquí os dejo el trailer del documental en Youtube, es una pena que no esté previsto emitirlo próximamente…

 Reseña del documental en la web de Odisea.