En septiembre de 1998 conocí a Patricia, Gladys y a las hermanas García: Gleda, Alma y Carolina. Las cinco eran vendedoras ambulantes en Soyapango, un barrio de San Salvador.

Viajaba con Carmen Sarmiento y  un equipo de TVE que,  en colaboración con Manos Unidas, hacíamos la serie de Los Excluidos. En esta ocasión lo que queríamos grabar era la vida de estas mujeres y la sencilla guardería que el CINDE había abierto en medio del mercado para que pudieran dejar a sus hijos mientras ellas trabajaban y así aliviar algo de su dura carga. Allí sus hijos podían asearse, jugar y comer.

Algún día, obra e teatro a cabo de La Cachada Teatro

Escenario de Algún día, colgando al fondo, los delantales típicos de las vendedoras de Soyapango. FOTO: ROCIO AGUILERA

Uno de los días estuvimos en casa de las hermanas García. Una barraca que ni tan siquiera era de ellas, sino de su madre, construida en terrenos de invasión con cartones y techos de uralita. Un pequeño espacio que compartían cuatro mujeres adultas y siete niños. Todos dormían hacinados en tres camas. Era desolador comprobar una vez más la pobreza en la que viven cientos de personas y el círculo tan difícil de romper.

El 2 de noviembre pasado me encontré en la Casa de América con la obra de Teatro Algún día llevada a cabo por La Cachada Teatro. Intervenían seis mujeres salvadoreñas, vendedoras ambulantes, mujeres que habían llevado a sus hijos a los CINDES, que en estos 19 años había ampliado su campo de trabajo y no solo se encargaba de atender a los hijos, algunos de los que yo conocí ya estaban en la universidad, sino que también trabajaba con las madres: mujeres solas, pobres, víctimas de una sociedad patriarcal que además de victimizarlas las culpabiliza. En el escenario estaban María Magdalena, Magaly, Wendy, Mirna, Ruth y Mariam, pero podían perfectamente haber sido las mujeres que había conocido 19 años antes. Y lo que contaban, lo que escenificaban, era su propia vida.  Nos hablaron de lo que había supuesto para ellas La Cachada, que nació como un taller para recuperar la autoestima de las mujeres: “Es una bofetada de realidad, pero también es un grito de esperanza”, la esperanza de mujeres jóvenes, con hijos, abandonadas por los hombres, solas, frustadas… que pensaban que con 30 años ya se había acabado todo. “Nuestra amargura la pagábamos con nuestros hijos con gritos y golpes pero en CINDE nos enseñaron a ser madres, a tratar a nuestros hijos. El teatro ha cambiado nuestra vida y la de nuestros hijos”. Una vida de violencia y maltrato: dos de las seis mujeres que estaban en el escenario fueron brutalmente maltratadas por un padre que llegaba  borracho a casa, otra de ellas fue violada por el tío… “No contábamos nuestras historias porque nos creíamos culpables. Y no lo somos. Ahora no queremos callar”.

Algún día es, más que una puesta en escena, una experiencia, un acercamiento real y terrible, pero también una enseñanza de cómo encontrar un instante de belleza en la sombra y un camino que llegue a un mejor lugar a pesar de la niebla”.

Algún día fue, para mí, un rayo de esperanza al ver cómo las mujeres, con muy poco pero con mucha sororidad, son capaces de convertirse en las artífices de sus propias historias.