A principios del siglo XX el filósofo alemán Ernst Cassier definió al ser humano como un animal simbólico y estableció como una de sus características su capacidad simbolizadora. Y, ciertamente, cada vez caemos más en la cuenta de la importancia de los símbolos.

Por poner un ejemplo cercano, en el conflicto catalán han jugado escasísimo papel las ideas y, en cambio, un papel fundamental los símbolos: el primero, el lenguaje, pero también las historias, los slogans, las banderas…

Lo supieron muy bien los poderosos de todos los tiempos, validando su hegemonía con los signos del poder: los rituales, los desfiles, las vestiduras, el arte. Podemos pensar en el Imperio Romano o, más cerca de nosotros, en las imponentes construcciones simbólicas del nazismo.

En el extremo opuesto, el profeta Jesús también puso en juego símbolos, pero fueron símbolos cercanos, de servicio, que huyeron obstinadamente de la desmesura y el espectáculo.

No hace mucho he leído el libro de Indro Montanelli sobre la Edad Media. Allí he aprendido que, a medida que el Imperio Romano se desintegraba, era la Iglesia por medio de sus obispos quien llenaba el vacío de poder. Un papel importante para la historia pero deletéreo para ella misma. Ese proceso no se llevó a cabo con los signos de su fundador sino con los de las autoridades a las que sustituía. Si vemos los mosaicos de San Vital de Rávena, apenas se distinguen en su vestimenta Justiniano y el obispo Domiciano que le acompaña. El segundo ya se ha asimilado bien su papel y los signos de poder del emperador.

Pero dejemos la historia y vengamos a la actualidad. En un artículo que ha aparecido en Atrio y Fe Adulta y que –modestia aparte- recomiendo a mis lectores, he defendido que estamos en un momento de cambio de paradigma y esto afecta también a los signos de la Iglesia. No es ya que muchos de esos signos se opongan al espíritu del Evangelio sino que ya no son atractivos, siendo, en sentido literal, in-tolerables.

No hace tanto conecté por casualidad TV13 en el momento de una misa de un obispo. Me imaginé el rechazo que aquello produciría en un no creyente teniendo en cuenta el que causaba en mí, que soy de la misma cuerda.

Lo que pretendo recalcar no es tanto la incoherencia entre lo predicado y sus signos, que existe, por supuesto. Lo que quiero poner de relieve es que esos signos han dejado de ser significativos para convertirse en anacrónicos y no raramente en bufos.

Pondré algunos ejemplos: el papa Benedicto XVI llevaba unos zapatos rojos de Prada, que seguramente le habían regalado. Un año después de su nombramiento se estrenó una película norteamericana, El diablo se viste de Prada. Un título sin duda atractivo. ¿Lo era también, por ejemplo, el papa se viste de Prada? Lo atractivo fueron los muy usados zapatos de Francisco. Y, ¿qué decir de la capa de cinco metros que le endosaron sin que protestara al cardenal Cañizares para presidir una ordenación en Italia? En otros tiempos debió ser fastuosa. En el nuestro era, simplemente, ridícula. Ya han pasado a serlo las largas vestiduras, los gorros, los títulos cortesanos, los escudos, tantos gestos que  nada sugieren, muchas de las misas –lejanas, ritualizadas, aburridas. Ha llegado el tiempo de valorar cada gesto y eliminar los que ya no sirvan porque ha pasado su momento.

Hace muy poco, en un coloquio del cardenal de Madrid con curas jubilados, uno le propuso entrar en la línea de una Iglesia más cercana y hacer, de entrada, el gesto de renunciar a la mitra. Lo que no se entiende es que los mismos obispos no se encuentren mal debajo de esos tocados que nadie ese explica por qué alguien les quita y les pone. Sería un pequeño gesto. Después deberían venir otros.