En una metáfora muy lograda, San Pablo escribió que la ley es el pedagogo de la libertad, aunque añadiendo la cautela de que no hay que utilizar esa libertad para satisfacer “las bajas pasiones”. Y, sin embargo, conocedor como era de la condición humana, no olvida a continuación poner muy en guardia contra el poder de la ley. A pesar de que nosotros somos hijos de la promesa, a pesar de que “para la libertad nos ha liberado Cristo”, la ley sigue siendo una tentación poderosa y tiene fuerza para convertirnos fácilmente en esclavos.

Veamos. Una señora que conozco entró un día en una iglesia justo a la hora en que se celebraba una misa y se disponían a dar la comunión. Llevaba un paraguas, el bolso y una bolsa de compra y extendió una mano para recibirla. El cura rehusó dársela hasta que no dejó en el suelo todos los bultos y pudo solicitarla con las dos manos, según mandan los cánones.

En un comedor de indigentes de Madrid se sirven desayunos y meriendas. Hay una norma, ciertamente justificada, según la cual todo el que llega puede tomar o en su caso rechazar lo que se le ofrece pero no elegir o demandar otra cosa. Más de trescientos desayunos diarios justifican ciertamente esa disciplina. Una tarde, sin embargo, se reparten bocadillos, unos de carne de ternera y otros de cerdo. Uno de los voluntarios sugiere que se separen y, si acude algún musulmán, se evite darle un bocadillo de cerdo. El responsable se niega a hacerlo alegando la orden anteriormente mencionada. No vale ningún argumento, todos de sentido común. La norma es la norma, está para cumplirse y no hay más que hablar.

Un tercer sucedido: uno de los nuevos (¿nuevos?) obispos auxiliares de Madrid llama a capítulo al cura de una parroquia. ¿Por qué razón? Porque da la comunión con pan y vino, porque la lectura del Evangelio se hace dialogada, porque la comunidad corea la epiclesis (por Cristo, con él y en él…), porque rezan juntos la oración por la paz antes de la comunión… En definitiva, porque ejerce el sentido común la libertad de los hijos de Dios.

Tengo que decir que en mi vida pastoral yo hacía todas esas cosas y nadie me dijo nunca nada (ni siquiera Rouco, que vino una vez a celebrar y no cambiamos ninguno de nuestros usos). Si me hubieran reprochado o prohibido alguna cosa me hubiera despachado a gusto. ¿No dijo San Pablo que para la libertad nos liberó Cristo? ¿No escribió que donde está el Espíritu de Dios allí hay libertad? Hubiera argumentado por qué preocupa más el cambio de tres o cuatro reglas hecho con sentido común y no, en cambio, por ejemplo, las misas que cumplen todas las reglas pero son repetitivas, aburridas cuando no irritantes, que nos ofrece la televisión cada domingo. Y, finalmente, en plan profético, hubiera citado a San Pablo a los gálatas y a los colosenses: insensatos obispos ¿quién os ha fascinado? Después de conocer a Cristo, ¿aún estáis en esos preceptos: no toméis, no gustéis, no toquéis?

Aunque sea difícil de entender, es el poder de la norma, de la ley. Por quebrantarla entregaron a la muerte a Jesús aquellos judíos piadosos y cumplidores… de la ley.

Una señora no muy creyente, que acudía a misa en mi parroquia más bien por acompañar a su marido, me dijo una vez: “La religión hace a las personas más tontas”. No es la religión, es la norma, pero sí, en ocasiones las hace más tontas. Lo vemos cada día.