Quien me conozca y me siga desde hace tiempo sabrá que suelo ser muy crítico con algunas actuaciones de algunas ONGD que dicen una cosa y hacen otras. ONGD mercantilizadas (parafraseando el título de un libro colectivo en el que participé allá por los principios del siglo); ONGD precarizadas en el empleo que ofrecen y que confunden empleo y voluntariado; ONGD aprovechadas que se apuntan a la causa de moda sin tener clara su misión y su visión; ONGD, ahora, inmersas en escándalos de abusos sexuales y comportamientos poco éticos de sus cooperantes.

Sin embargo -o a pesar de esas críticas- soy un fiel y firme defensor de su existencia. Creo firmemente en su labor y en su entrega, en su papel en esta sociedad. Cuando estamos cerca de que se cumplan los 25 años de aquellas acampadas del 0’7 donde se engendraron muchas de las ONG que hoy conocemos, es de justicia y necesario reivindicar su papel en la construcción de un mundo más justo, más limpio y más equitativo. Sin las ONGD no se habría conformado todo un sistema de cooperación al desarrollo en España, hoy casi desmantelado, pero aún vigente y que en algunas cosas ha sido de los mejores del mundo. Sin las ONGD no sabríamos lo que pasó en Ruanda y Burundi, lo que pasa en Siria, lo que sigue pasando en Haití. Sin las ONGD no habría sensibilidad hacia problemas como el hambre, el VIH o la flagrante conculcación de derechos humanos en tantas partes del planeta. Sin las ONGD las mujeres sufrirían mucho más en algunas zonas del mundo y los niños y las niñas seguirían siendo esclavizados sin que lo supiéramos en muchas minas de coltán del mundo, en muchas fábricas de zapatos, en muchas plantaciones de algodón. Las ONGD han llevado periodistas a África, al Caribe, a India, a América del Sur para que fueran testigos de lo que pasaba y lo contaran en sus pantallas y en sus papeles. Han ido colegio a colegio, escuela a escuela a contar a los maestros y maestras que se puede enseñar solidaridad y generosidad, diversidad, justicia. Han estado en cumbres, reuniones de alto nivel, pasillos alfombrados de Bruselas o Nueva York, contándoles a los líderes mundiales que quizá su visión del mundo es parcial y que hay otras realidades por las que trabajar y que merecen la pena ser tenidas en cuenta.

Sí. Las ONGD han metido la pata: a veces no han controlado bien a su personal, pero también han sabido seleccionar, formar y mantener equipos de personas excepcionales. A veces han derrochado y han participado de prácticas corruptas, no han tenido en cuenta la voluntad del donante, pero también otras veces han educado o tratado de educar al donante y se han llevado palos, han denunciado corruptos y corrupciones y les han expulsado, han sufrido recortes brutales (en algunas comunidades autónomas españolas, de un año para otro se rebajaron los fondos oficiales para cooperación en un 75%) y aun así han mantenido como han podido programas y proyectos.

Un grano no hace granero y un garbanzo negro no estropea el cocido. A menudo los escándalos son intencionados e interesados y salen a la luz cuando interesa que salgan y se tapan y esconden por las mismas fuentes cuando interesa que no se conozcan. Sé de buena tinta y primera mano que hay preocupación por los escándalos recientes y que hay voluntad de ser transparente, de recuperar la confianza de la sociedad española (no solo de los donantes). Defiendo la labor de las ONGD de España y de la Coordinadora, llenas de buena gente y de mejores profesionales. Les animo a seguir siendo el Pepito Grillo de esta sociedad inerte, inerme e insensible. Y les ofrezco mi apoyo y mi ánimo y lo que esté en mi mano para que sigan haciendo de este mundo un sitio donde a todas las personas les merezca la pena vivir.

Dedicada a Chema, Pilar, Marta, Gonzalo, Ricardo, Patricia…. Y a todas aquellas personas que en algún momento de su vida (y de la mía) han construido OXFAM Intermón)