El domingo pasado, por la tarde, fui al cine con mis hijos. A esa misma hora tenía una reunión de una de las asociaciones a las que pertenezco y a la que dedico parte de mi tiempo. Y no fui. ¡Pecado! ¡Herejía! ¡Irresponsabilidad! ¡Menuda falta de compromiso! Y, además, comimos una bolsa de palomitas (¡serás consumista…!). Siempre he dicho que la agenda y la cartera son los mejores indicadores de nuestras prioridades. Por mucho discurso que uno tenga, al final a qué dedica cada uno su tiempo y en qué se gasta el dinero es la mejor manera de comprobar coherencias, creencias y prelaciones en la vida.

opinión de Carlos Barberá sobre militancia y conciliaciónViene esto a cuento de una anécdota que me contaba el otro día un viejo compañero de la lucha cooperativista y en pos de una economía al servicio de las personas. Él recuerda que, hace muchos años, otro domingo por la tarde, llevó a sus hijos al cine como hacía habitualmente y, mientras los niños disfrutaban de la película, él marchó a una reunión de las suyas. Esa vez el debate se alargó, el orden del día se estiró y no estuvo a tiempo a la salida de la película. Sus hijos, pequeños, esperaron casi una hora a la puerta de la sala, pacientemente, a que su comprometido padre acudiera a recogerles. Nunca se lo echaron en cara y a los niños se les olvidó el incidente, pero el padre vivió años con la conciencia intranquila hasta que, ya mayores, les pidió perdón por haberles hecho aguantar el frío de una tarde madrileña de invierno con la incertidumbre de si su padre volvería a por ellos. Conozco bastantes casos parecidos, muchos de ellos de una misma generación, algo mayor que la mía, en donde la militancia en el sindicato, en la asociación de barrio, en la ONG o en el despacho social de la parroquia han priorizado cenas, baños, deberes escolares y cuentos antes de dormir. Es verdad que también conozco muchos más casos en los que estas tareas menores han sido postergadas en pro de una carrera profesional meteórica y unas jornadas laborales eternas. Otra anécdota que suelo contar es la de ese compañero mío de carrera universitaria, padre de familia numerosa, que se jactaba de conocer a sus hijos casi sólo en posición horizontal (se iba a trabajar cuando estaban dormidos, llegaba a darles el beso nocturno cuando ya estaban en la cama).

Entono yo también el mea culpa (aunque luego venga el propósito de la enmienda). ¡Cuántas veces no habré oído en casa de mis padres, durante mi adolescencia y primeros años de juventud, aquello de “mucho ayudar y ser solidario por ahí fuera pero luego aquí en casa nada de nada”! Ser militante es exigente en tiempo y dinero y, a menudo, provoca incoherencias como las que aquí estoy exponiendo. Nos manifestamos, hablamos, trabajamos por la liberación de la mujer y la igualdad de roles en reuniones a las siete de la tarde cuando nuestra pareja en casa se encarga de lavadoras, cenas y mimos; luchamos por los derechos de los consumidores y damos charlas y más charlas sobre comercio justo y eso nos quita el tiempo para comprar sosegadamente en la tienda del barrio que cierra a las ocho y media y terminamos en el 7eleven o en el Vips porque no tenemos cena en casa; viajamos en el contaminante avión o en el despilfarrador AVE porque nos recorremos España de cabo a rabo varias veces al año en encuentros, coordinaciones, conferencias… sobre consumo sostenible.

Mi cuenta de Twiter es @revolucionde7a9 para recordar que, hace años, pensaba que la revolución se hacia los jueves de siete a nueve, cuando convocábamos reuniones y encuentros. Poco a poco me he dado cuenta de que la revolución se hace todos los días y a todas horas, en la cesta de la compra, en la cuenta del banco, en la agenda del día a día. Y que ir un domingo por la tarde al cine con mis hijos también es militar por un mundo mejor. Por cierto, el cine no era un local comercial, era en la casa de la cultura de mi pueblo. Y gratis (las palomitas las hicimos en casa).

@revolucionde7a9