Esta escalera llegará a vuestras casas a la vez que los regalos de los magos de oriente: a primeros de enero. Quizá sea tarde para las reflexiones que en ella propongo, pero no por ello creo que les reste validez. Me refiero, una vez más, al afán consumista, derrochador y desmesurado que nos agarra por estas fechas (bueno, desde antes, desde el Black Friday) y no nos deja hasta bien entrado febrero cuando acaban las rebajas. Y, aún más en concreto, a la locura gastadora que se da en las familias donde hay niños y niñas menores de, pongamos, 9 años. La mañana que recibiréis este alandar en casa habrá que tener mucho cuidado para que no se confunda con la ingente cantidad de papel de regalo recién abierto y no acabe en la papelera azul del reciclaje.

¡Cómpramelo! Me lo pido todo es el título de una charla que suelo pasear por colegios, asociaciones, centros culturales y similares y que, sobre todo en estas fechas, es bastante demandada. En ella planteo que los niños y las niñas de hoy en día son habitantes de una sociedad de consumo que les desea y les atrapa: les desea en tanto en cuanto tienen una capacidad de gasto impensable e inimaginable hace apenas una década; les desea en tanto en cuanto aportan un valor simbólico (ternura, inocencia…) a las marcas; les desea, por último, en tanto en cuanto son una apuesta de futuro que no hay que dejar escapar. Véanse en este sentido, por ejemplo, los talleres de educación financiera que los bancos imparten en los colegios para, en teoría, incrementar la cultura financiera y económica y, en la práctica, empezar a trasladar y empapar con conceptos e ideas que impregnaran cual calabobos (me encanta este concepto) las mentes desde muy pequeños: fue muy comentado hace unos años que uno de estos programas de educación financiera en las escuelas planteaba que entre comer y pagar deudas era prioritario esto último. Os sugiero como ejercicio que pongáis en Google “educación financiera infantil” y luego me digáis que os parece lo que aparece.

Al grano, que me desvío. El pasado mes de diciembre di una de esas charlas en un colegio, para familias de infantil y primaria. En un momento determinado enseñé varios anuncios, entre ellos dos: el del centro comercial de Pin y Pon y el de la campaña 2017 de Famosa. El primero dice cosas como: “Eliges, te pruebas y pagas. Pasas la tarjeta, ¡qué barato! ¡Y a comprar otro rato!”. El segundo anuncio, con la machacona y archiconocida música navideña de las muñecas de Famosa que se dirigen al portal, pasa revista a conductas estereotipadas de los y las adolescentes: aislarse en las comidas familiares con los cascos en las orejas; dar portazos; besar al chico o chica que te gusta; conectarse a redes sociales a escondidas de sus padres y madres, teñirse el pelo de rojo, hacerse selfies…para terminar diciendo “antes de lo que crees tus hijos dejaran de jugar. Ahora que todavía quieren juega con ellos”. Pues bien, una madre se ofendió mucho, no conmigo, sino con el contenido de los anuncios. No entendía cómo podían, literalmente, pasarse en horario infantil. Pensé que ella estaría tan indignada como yo porque no olvidemos que la publicidad también educa, en el sentido de que lanza mensajes que configuran ideas y valores en las mentes y ambos anuncios, pero sobre todo el primero, son una declaración en regla de intenciones y conductas, un manifiesto claramente a favor de deseables mundos de la felicidad consumista que no se plantea temas en desuso como la frugalidad, la sostenibilidad, el esfuerzo o el ahorro. Que hacen que comprar  y derrochar sean vistos como una actividad socialmente deseable, nada peligrosa. Pero no. Esa madre estaba escandalizada porque en el anuncio de Famosa dos adolescentes se besaban tímidamente en los labios… y eso lo podían ver los menores. En fin. ¡Feliz 2018!