A las cosas que son feas ponlas un poco de amor, y verás que la tristeza va cambiando de color
(Gema y Pavel, cantautores cubanos)

Hace ahora 15 años unos Jefes de Gobierno y Estado de todas (o casi todas) las naciones del mundo se propusieron cual lista de propósitos a ¿cumplir? una serie de objetivos y, en vez de en un año, se ponían la meta de 15 para alcanzarlos. Los llamaron rimbombante y solemnemente los Objetivos de Desarrollo del Milenio y luego de parir la lista y hacerse la foto se fueron a sus despachos de gente importante a seguir gobernando las cosas que realmente importan. Esta lista se imprimió, se distribuyó, se hicieron webs, algunos incluso se la creyeron y pusieron a trabajar a la gente en torno a ella, dio para que muchos escribieran sobre ella (sí, yo también he caído en esa tentación), se organizaron congresos, jornadas, informes… Cuando llegó 2015 (este año que acaba) se volvieron a reunir los jefes del cotarro -a finales de septiembre- en mediática cumbre, para desempolvar la lista y darse cuenta de que los propósitos del nuevo milenio se habían quedado en el papel, aunque sí se constató que iba habiendo avances significativos en alguno de ellos (no necesariamente gracias a su empuje sino, a menudo, a pesar de ellos). Así que decidieron que siete objetivos eran pocos y ampliaron la lista numérica (que no cualitativamente) a 17 y se pusieron como meta el 2030 para ver si a otros 15 años vista algo nuevo se conseguía.

Reconozco que el tema me aburre (ahora lo explico un poco mejor) y no he seguido con atención la cumbre, más allá de lo que contó algún medio y de lo que mis ONG de referencia en este tipo de asuntos iban contando. Me aburre porque cada vez huyo más de declaraciones grandilocuentes y eventos mediáticos y, sobre todo, porque no llego a creerme que esto tenga nuevos alcances, nuevas perspectivas y nuevas intenciones. Solo consiste en aplazar 15 años más la solución de los problemas, a menudo creados por los mismos que acuden a estas cumbres y tener a la gente de las ONG y similares distraídas con sus nuevos juguetes (panem et circenses, que dijo aquel hace años) mientras ellos se encargan de lo de siempre. Me aburre, me indigna y, sobre todo, me parece una manifestación más de la hipocresía y el “buenismo” político. Como decía, no he estado muy atento, pero creo que, antes de poner nuevos objetivos, era necesario haber reflexionado hasta dónde se habían cumplido los otros. Los medios, las redes, han dedicado el 90% de su tiempo y de sus espacios a explicarnos las siguientes metas sin entrar a valorar si eran necesarias, si había camino recorrido, si había avances (o retrocesos) en el tema.

Hago mías aquí las demandas de la ONG Alianza por la Solidaridad que, en su momento, durante la cumbre, pedía cosas tan simples, obvias y claras como que los Objetivos de Desarrollo Sostenible, más allá del asistencialismo, deberían cambiar las estructuras económicas injustas, que son causa de las desigualdades. Empoderémonos y apropiémonos de ellos. No solo hay que trabajar en/con/por ellos sino que deberíamos controlar e informar a la ciudadanía del progreso de los ODS. Si algo hemos aprendido en estos últimos 15 años es que el papel lo soporta todo y que ellos, los que se reúnen, los que priorizan y ponen las metas no son los que las llevan a cabo.