Vivo en un país en el que la atención médica es universal y gratuita, a la vez que de gran calidad técnica y humana, si bien es cierto que necesita avances y recursos para hacer las listas de espera más cortas y dotarla de mejores medios. Vivo en un país en el cual todos los niños y niñas que en él viven, con independencia de su sexo, procedencia, religión, color de ojos o del idioma que hablen puede acceder a un colegio cercano a su casa y aprender, aprender mucho y bien; pero es cierto que hacen falta más recursos, clases más pequeñas, más especialistas para atender necesidades educativas especiales y un mayor reconocimiento social a la labor del profesorado. Vivo en un país que puedo cruzar de cabo a rabo cómodamente sentado en un vagón en menos de 12 horas, aunque es verdad que los precios de los billetes de tren son caros y no muy accesibles, ya que nuestro modelo ferroviario se basa en trenes de alta velocidad en detrimento de la media distancia y/o las cercanías, y que hay regiones y rutas mucho mejor dotadas que otras. Vivo en un país donde el día de mañana, cuando necesite unos cuidados que no me pueda proporcionar por mí mismo, una legislación sobre dependencia muy avanzada y una muy buena red asistencial me apoyará y me cuidará, si bien es cierto que esa ley necesita concretarse en la práctica, acelerar las declaraciones de dependencia y dotarse de mejores recursos. Vivo en un país que cuida y atiende de manera más o menos integral al que menos tiene, a las personas vulnerables y en dificultad, aunque las cifras de personas en riesgo de exclusión y/o en situación de pobreza hacen que los recursos nunca sean suficientes. Vivo en un país, en fin, donde el acceso a manifestaciones culturales es amplio, diverso y cercano, si bien podría mejorar en acceso, precios y, sobre todo, en el apoyo a manifestaciones minoritarias y no tan al gusto de los mercados. Vivo en un país que, sin llegar al modelo escandinavo de Estado del Bienestar, entiende el papel del Estado como complemento y soporte a lo que las familias y otras redes de apoyo también aportan, que defiende y aplica un modelo de solidaridad que comparte recursos públicos con soporte comunitario. Y me gusta dónde vivo.

Escribo esta columna a caballo entre dos elecciones, cual relleno de sándwich, y en medio de la campaña para declarar impuestos. Y en época de bodas (de ahí lo del “Sí, quiero” del título). Así que, al albur de los debates electorales y las promesas y propuestas de los diferentes partidos digo alto y claro, en público que Yo SI Quiero Pagar Impuestos. Digo alto y claro que me parece que es mi responsabilidad como ciudadano, como cristiano incluso. No engañar, no defraudar, no esconder. Quiero pagar los impuestos que me tocan según los ingresos que tengo. Vivo a gusto con un sistema fiscal progresivo, que hace pagar más al que más tiene para repartirlo entre los que menos, o para dotarnos de mejoras para toda la ciudanía: me parece de justicia y lo defiendo antes que un sistema que perdona al rico o que nos hace pagar a todas las personas por igual (véase el IVA por ejemplo). Así que señores y señoras candidatas, no vengan con esas propuestas y promesas que me están haciendo porque no se las compro. Si bajan los impuestos habrá más listas de espera, menos profesorado y peores servicios públicos; las personas vulnerables estarán menos atendidas y los cuidados necesarios para el sostenimiento de la vida se resentirán. Quiero pagar lo que me toca, ya que puedo. Eso sí, lo que no me gusta es que ese dinero que gustosamente aporto para el bien común termine en el bolsillo de algunos políticos aprovechados, o financie gastos que no concuerdan con mis valores (gastos militares, por ejemplo). Pero eso será materia de otra columna. ¡Feliz IRPF!