Hace veinte años, Ismael Serrano nos cantaba aquella agridulce canción que da título a mi columna de este mes y en la que reflexionaba sobre cómo, a pesar de los adoquines del mayo del 68, los estudiantes con flequillo que estropeaban la vejez a oxidados dictadores, a pesar de aquellos sueños de un guerrillero loco que mataron en Bolivia y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo… todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones y se cubrió de telarañas. Es una canción deprimente pues nos lleva a pensar que no hay avances: que a pesar de las militancias, las luchas, los desvelos, los trabajos en pos de un mundo más justo, más limpio, más generoso, más libre… al final todo da igual, los golpes los reciben las mismas personas -los “nadies”, que diría Galeano de cuya muerte se cumplen ahora dos años- y siguen los mismos muertos podridos de crueldad. Ismael le pedía a su padre que le recordara aquellas luchas para aprender de ellas, para no olvidarlas y para no caer en las mismas trampas aunque, como terminaba su canción, ahora mueren en Bosnia los que entonces morían en Vietnam. Hoy tendríamos que añadir Siria, Afganistán, Irak y tantos y tantos otros conflictos olvidados a esa lista.

Viene esto al hilo -ya digo, 20 años después- de que ahora Joaquín Estefanía acaba de publicar  un libro que ha titulado Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?, libro en el que una persona joven de hoy en día (como lo era Ismael hace 20 años) le pregunta a sus mayores porqué en este planeta que tanto alardea de avances y progresos, 4.400 millones de jóvenes viven en una situación peor que las de sus padres y que la de sus abuelos. “La escalera del progreso se ha detenido y no hay expectativas de futuro” -dice Estefanía y termina preguntando, como Ismael, “¿cuánto tiempo tardarán nuestros sucesores en responsabilizarnos de lo que ha ocurrido?”. Joaquín, no lo olvidemos, es un periodista que dirigió el que fue en su día un periódico paradigma de la independencia y la libertad, un periódico de izquierda progresista, hoy también rendido a los intereses del dinero, la política (mejor, los políticos) y la sociedad de consumo, al poder. La pregunta en primera persona no es, pues, baladí.

Hace escasas semanas, el muy recomendable programa de radio Economía Humana que se puede escuchar entre otras emisoras en M21 los domingos por la mañana, entrevistó a Estefanía y como ¿contrapunto? también a mí, entre otras personas. La idea de los productores del programa era revertir la pregunta que da título al libro del famoso periodista y convertirla en un Abuelo, ¿cómo conseguisteis cambiar eso? Las personas que me sigan desde los comienzos de mi “alandadura” – casi a la par que la canción de Ismael- saben que, sin embargo y a pesar de los pesares, uno sigue abogando por dejar el mundo en mejores condiciones de como estaba cuando entró en él. No porque mis hijos o mis futuros nietos o nietas, si los tengo, me acusen de no haberlo hecho. Lo hago por un firme convencimiento de que el planeta y las personas que en él habitamos se merecen un respeto y  un cariño fraternal. Lo hago porque me encantaría que mis hijos Martín y Miguel me dijeran que les contara otra vez que las luchas sirven: que a pesar de todas las dificultades y sinsabores, actualmente está en marcha -y cada vez más boyante y fuerte- una economía que pone a las personas y al planeta en el centro; que a pesar de todos los aprietos hay periódicos como alandar, medios de comunicación como El Salto, que se mantienen mes a mes en la calle contando lo que otros no pueden, no quieren o no les dejan; que cada vez hay más personas en este mundo que demandan soluciones justas, éticas, responsables para cubrir sus necesidades cotidianas. Espero que dentro de 20 años alguien pueda releer estas y otras columnas y digan: “Abuelo, abuela, gracias por dejarnos este mundo tan bonito que merece la pena vivirlo”.