Escribo esta columna una calurosísima tarde de julio desde el aeropuerto de Roma. Vengo de una conferencia en el Vaticano, de la que daré cuenta en un próximo artículo el mes que viene en Alandar. Me invitaron a participar y aquí que me vine. A hablar de los dineros de la Iglesia y de cómo hacer de ellos instrumentos de lucha contra la pobreza, el cuidado de la casa común y ponerlos al servicio de la Justicia. A nadie engaño si digo que, pese a su voto y vocación de pobreza, la Iglesia en su conjunto tiene un cierto poder económico para invertir. Una pregunta que he oído estos días y que se me ha quedado grabada “¿Cómo podemos poner las congregaciones el 100% de nuestros activos al servicio de la misión? Pero no quiero centrarme aquí en esto, que como digo merece más espacio, mayor reflexión y cierto rigor que una columna como esta, basada en vivencias y emociones, no tiene.

Así que vamos con mis impresiones del Vaticano. Empiezo por decir que estábamos cerca de 200 personas, solo yo español. Mucho americano, mucho cura, alguna monja y unos cuantos obispos y cardenales, casi todos africanos. Mucho financiero de fondos de inversión, bancos e instituciones crediticias. De los grandes y conocidos pero también de un sinfín de pequeñas entidades con nombres piadosos que traduzco aquí, pero que en inglés suenan mejor (Banco de la Misericordia, Fondo Ave María, Finanzas y Misión). Nos convocaba el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral pero lo organizaban los americanos. He de decir que su Prefecto, el cardenal Turkson, es un señor de Ghana muy agradable, risueño, alegre, de conversación fácil y con las ideas muy claras y de vestir sencillo. Sí, sencillo en el vestir porque estos días he comprobado con mis ojos claros ejemplos de la Clerigman Fashion en algunos curas –los menos- vestidos con elegantes trajes de marca que parecen hechos a medida, lustrosos zapatos, camisas impolutas con las iniciales grabadas y sus alzacuellos a juego. Más curas que obispos o cardenales tengo que decir. Los organizadores recomendaban estilo formal en el vestir: de negocios, según nos enviaron en el kit informativo previo No en vano íbamos a hablar de finanzas y los interlocutores eran banqueros y financieros de varias partes del mundo, todos ellos (uso el masculino a propósito) cortados por el mismo patrón en el peinado, las chaquetas y las camisas y las corbatas. Rompo eso sí una lanza (la primera, luego viene otra) a favor de la sencillez de unas hermanas, casi todas africanas, con hábitos coloridos pero en los que se intuye trabajo en el terreno, con las personas que sufren. La otra lanza tiene que ver con la ¿reivindicación? que una misionera keniata, con su mejor sonrisa, hizo de lo que podríamos llamar la brecha salarial de género en la Iglesia. Prometo investigar y dedicar tiempo a este tema

Y hemos rezado mucho, al inicio de cada sesión, de la reunión, al acabar, al comer, a la hora del café…. Los americanos son así. Cada dos horas cambiábamos de panel y se iniciaba (y a veces finalizaba) con un rezo dirigido por alguien a quien los organizadores querían significar (un patrocinador, un ponente de prestigio).

Casi nadie se sentía extraño. En general a muchas personas se las veía en su salsa, en su terreno. También he conocido otros que nadan (nadamos) contracorriente: personas extraordinarias y coherentes, experiencias increíbles de trabajo en terreno con personas refugiadas, proyectos muy integrales de lucha contra la pobreza medioambiental. Pero no tengo espacio para contarlo así que tendréis que esperar a octubre.