Fernando Bermúdez y Mari Carmen García viven ahora como jubilados en la localidad murciana de Alguazas. Pero este verano decidieron pasar casi dos meses en un campamento de refugiados en Grecia. Recién llegados de allí y conmovidos por la experiencia, quisieron compartirla en el Congreso de Teología, dedicado este año a la inmigración y los refugiados.

Vista de parte del campo: de refugiados de Filippiada, Grecia

Vista de las haimas instaladas en Filippiada por ACNUR. Foto. R.A.

“Nosotros nos fuimos con una organización gallega de ayuda al refugiado con la que contactamos, que se llama Aire. Salimos de Gerona en un grupo y fuimos al campamento de Katsikas, cerca de Ioanina, en el norte del país, cerca de la frontera con Albania. Había unos 1.200 refugiados y son los que venían del Pireo, primero habían estado en las islas de Lesbos y Kio y de allí los llevaron al puerto de Atenas y de allí los iban trasladando a campamentos en el continente, entre ellos al de Katsikas, que es uno de los mayores. La gente vive en condiciones infrahumanas, en tiendas de campaña, con un frío horrible en invierno ya que, cuando llueve, el agua entra dentro de las tiendas, y en verano, un horno. La gente lo que quiere es que se les dé una solución. Porque vienen huyendo, unos de los bombardeos o bien del gobierno o de EEUU o de Rusia y otros vienen huyendo del Estado islámico. No todos son sirios, hay afganos, iraquíes y sirios y, dentro de los sirios, los hay kurdos y árabes”.

[quote_center]La gente lo que quiere es que se les dé una solución. Porque vienen huyendo[/quote_center]

Katsikas está considerado uno de los peores campamentos de Grecia. Está construido en un antiguo aeropuerto militar de la Primera Guerra Mundial. Fernando nos muestra la foto del dibujo que le hizo un refugiado, en el que se ve al Isis con un puñal en la mano, detrás de los refugiados y, enfrente, la UE frenándolos. Así se sienten los refugiados en el campamento, atrapados y sin salida.

“No nos damos cuenta de que la gente huye de la muerte -continúa Fernando- y va buscando vivir. La UE no entiende a los refugiados y eso es lo que a mí más me duele. Realmente me llenó de dolor, de indignación, de rabia y de ternura hacia la gente el ver que tenemos una UE que ha perdido la sensibilidad, que tiene callos en el corazón para no reaccionar ante el dolor humano. Y lo ha dicho el papa, una UE que no se haga sensible al dolor humano no tiene futuro. Ese es el mensaje que yo traigo, que hay que romper fronteras. Yo, como creyente, estoy convencido de que Jesús no hubiera actuado como actuó la Unión Europea. Habría abierto fronteras, habría abierto su corazón para esta gente que está huyendo de la muerte”.

Fernando me explica cuál era su trabajo y cómo pasaban la jornada: “Mi mujer se dedicó a abrir paquetes de los muchos que llegaban en los contenedores de solidaridad y a clasificar ropa, alimentos, medicamentos, ordenar la ropa por tipos, edades, etc. y luego llevarlo todo a un centro de distribución, desde donde se reparten según las necesidades de la gente. Y yo me dediqué más a compartir con la gente, tienda de campaña por tienda de campaña, siempre con un intérprete o una intérprete y para mí ha sido una experiencia muy gratificante, incluso sin comunicarnos, porque hablamos lenguas diferentes y a veces no hay traducción al farsi, el kurdo, etc. Pero ellos hacían café y estaban a gusto de que estuviéramos ahí y nos dábamos la mano, nos abrazábamos, tocaban la guitarra, los niños por ahí abrazándonos, un contacto humano muy profundo, porque no solo de pan vive el hombre sino también del cariño, del afecto, de la acogida. Es el lenguaje del corazón y eso fue fundamental; la gente lo que necesita es humanismo, que vean que se les acoge, que se les quiere, por eso me decía un refugiado de Palmira, de Siria, que si algún día llega la paz a su país le gustaría que todos los voluntarios que han estado con ellos fueran y hubiera una gran fiesta, porque gracias a vosotros -decía- nos sentimos personas, porque los gobiernos nos rechazan”.

“Allí están, condenados a permanecer frente a esas fronteras cerradas de Albania, de Macedonia, de Serbia, porque la UE ha dejado a Grecia con sus casi 60.000 refugiados, le da un poco de ayuda para que los mantenga allí, pero ellos quieren llegar al centro y norte de Europa porque muchos tienen allí familia. Según el estatuto de los refugiados, tienen derecho a pedir esa reagrupación familiar, pero la UE, por el acuerdo con Turquía, rechaza la posibilidad de aplicar esa cláusula. Pero ellos están con la esperanza de que Europa los acoja; y si no los acepta, que les posibilite vivir dignamente: son refugiados, tienen derechos. Y por eso admiro a los anarquistas griegos, son jóvenes que con documentos escritos en inglés, árabe y griego recorren los campamentos, tienda por tienda, explicando sus derechos a los refugiados, lo que no hacía ni ACNUR, el organismo de las Naciones Unidas para los refugiados, ni el gobierno griego ni la UE, ni nosotros tampoco (los voluntarios) porque no somos expertos, pero esos jóvenes anarquistas les entregaban un papel y les iban explicando cuáles son los derechos del refugiado y eso iba creando conciencia”.

[quote_center]La UE ha perdido la sensibilidad, tiene callos en el corazón para no reaccionar ante el dolor humano[/quote_center]

“En verano había muchos voluntarios, éramos unos 60 en ese campamento, casi todos jóvenes, yo era el abuelo. Casi todos eran estudiantes y la mayoría de España y también de Italia y de Suiza y algunos de Alemania. Todos han querido dedicar sus vacaciones a servir a los refugiados”.

“Pero son los militares griegos y la policía griega los que se encargan habitualmente de vigilar, del orden y de la alimentación en los campamentos; el gobierno griego tiene contratada una empresa de catering que lleva la comida por la mañana, mediodía y por la noche, pero es una comida muy pobre, por la mañana un bollo y una fruta, a mediodía lentejas, pasta o arroz. Pero proteína no he visto yo que se les diera. Una de las cosas que hacíamos los voluntarios, con las donaciones que se llevan, era complementar la alimentación con fruta, sobre todo. Y repartir el aceite que se enviaba en donaciones y la leche. El ejército permitía que distribuyéramos esas ayudas”.

“Nosotros vivíamos fuera, alquilamos un bajo -un almacén- y ahí vivimos, durmiendo en el suelo en colchonetas; y la comida, cada uno la gestionábamos como podíamos”.

“Mi mensaje es que hay que romper la fronteras, que antes que españoles somos europeos y antes que europeos somos ciudadanos del mundo. Y como creyentes, somos ciudadanos del Reino y para Dios no existen fronteras, las fronteras son fruto de los intereses políticos de los poderosos, de las oligarquías, eso no responde a los proyectos de Dios. Hay que caminar hacia una ciudadanía global o universal y ese es el mensaje: que todos somos humanos y que los cristianos, para ser coherentes con lo que significa ‘Iglesia católica’, que es Iglesia universal, debemos empujar en ese sentido, hacia la ciudadanía universal por encima de fronteras, religiones, lenguas e ideologías”.