Eran las 4 de la madrugada del jueves 3 de marzo, mi hora cotidiana de despertarme, cuando descubrí decenas de llamadas perdidas en el celular. No acababa de contarlas cuando me llamaba Gustavo Cardoza, entrañable compañero de trabajo: “Quizás ya lo sabe, pero por las dudas le informo que han asesinado a Berta Cáceres”. Me senté en la cama con la esperanza de estar sumergido aún en el sueño, uno de los frecuentes y tortuosos sueños en que veo la sangre. Son tantos en Honduras -un país atravesado por la zozobra y por continuas noticias ingratas- a quienes la realidad de la muerte y las amenazas nos persigue hasta esa zona recóndita del inconsciente…

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